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miércoles 28 de septiembre de 2011

El Chuscao y La Mujer Gallina (extracto de Los Fabricantes de Terremotos)


-¿Qué hace aquí?- preguntó, de espalda, el Chuscao.
Kurunoki había cruzado medio vertedero. Era un vertedero pequeño, del tamaño de una cancha de fútbol. Adentro encontró algunos perros rechonchos de patas breves que parecían cocodrilos que ni se movieron después que el peruano japonés, cámara en mano, les preguntó qué motivaciones tenían en esta vida. La conversación en que los perros hablaron de socialismo como la única solución para el vertedero quedó grabada en su cámara. Por la hora, 5 de la tarde, no encontró a ninguna persona. Habitualmente los recolectores de basura trabajaban en la mañana.
-Me gustaría comprarle un cerdo ¿Qué precio tienen los cerdos?
-3 mil pesos el kilo faenado y 2 mil pesos el kilo sin faenar –afirmó el hombre, sin darle el rostro. –De dónde viene usted- preguntó el Chuscao.
-Soy cocinero- respondió Kurunoki, dos metros más atrás del Chuscao. La respuesta conformó al hombre. Lo relacionó con un cocinero chino y esa relación era lo que precisamente buscaba Kurunoki. Lo miró unos segundos y luego lo invitó. El Chuscao esperaba que Kurunoki le consultara por los ojos. Parecían dos pelotas de ping-pong color carne, una más grande que la otra. El hombre veía lo mínimo. En consecuencia no distinguió a Kurunoki. En otro tiempo, por su vestimenta y la cámara, Kurunoki habría tenido que arrancar de las pedradas del Chuscao y los perros.
-No pregunta que me pasó en los ojos-
-No quiero molestarle- respondió, en voz baja, Kurunoki.
-Entonces sígame-
En los minutos que caminaron Kurunoki desconectó su olfato. No se podía andar con ese sentido abierto por esas pampas.
Parte de la casa estaba dentro del vertedero y la otra, detrás. Kurunoki imaginó que detrás estaban los chanchos. No se equivocó. Sin embargo varios metros más allá, en otra choza se encontraba el barrial y los más de cien chanchos, el orgullo de El Chuscao.
-Son como mis hijos- dijo el hombre.
El insoportable aroma era una mezcla entre mierda y verdura podrida.
-¿Cuál es su nombre?- preguntó Chuscao que caminaba lento. Kurunoki iba justo a un metro detrás de él. Kurunoki también le preguntó el nombre. Mardoqueo Díaz de la ciudad de Ovalle, le respondió marcando cada sílaba como si masticara.
Chuscao abrió una puerta de madera que era afirmada por un clavo grande, y entraron al corral. Kurunoki, con media zapatilla hundida en la mierda, apretó el REC.
La explicación del Chuscao, sobre como matar un chancho, podría considerarse como lo más destacable de la grabación, sin embargo fue una anécdota respecto a lo que vino después.
-Les pego con un palo media pulgada arriba de los ojos. Caen y después sin problemas uno le entierra el cuchillo a un costado del cuello. Así no sufren, pero tiran harta sangre. Me da pena matarlos pues son mis amigos. Mire.
Tras llenar una botella con la sangre del cerdo, el Chuscao bebió.
-Pruebe es lo más alimenticio que hay. Es sano-
El peruano japonés imaginó que podía vender a este espécimen como un vampiro. Ya imaginaba la cantidad de gente que vería el video.
-Prefiero la sangre de chancho que la Coca Cola- dijo el hombre.
Estaban en eso cuando apareció la mujer gallina.

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La mujer gallina movió los brazos asemejando un aleteo de gallina y después emitió unos gemidos que terminaron con un insulto.
Cuando el Chuscao vio que la mujer avanzaba hacia ellos, agarró una piedra y se la lanzó al cuerpo. La mujer retrocedió, volteó y se metió dentro de la casucha, armada con desechos, sobrepuesta sobre un aislado muro –que alguna vez fue el punto de fuga de una muralla- del basural. Tras ella, se metió uno de esos perros tipo cocodrilo que observaba con detención la escena. Al parecer el perro era una suerte de psicólogo o consejero de la mujer, pues minutos más tarde ésta reapareció nuevamente, peinada y con un vestido azul, ajado. Pasó entre Chuscao y Kurunoki sin saludar, como si estuviera siguiendo la huella de algo. Se sentó en un montículo de neumáticos y comenzó a deshojar lo que parecía un libro o una revista, más bien un repollo de papel.
-No lo intente- Kurunoki quedó detenido.
-Ella es agresiva- le aclaró el hombre refregándose con fuerza las aletillas de las narices, antes que el peruano japonés dijera algo.
Tras espantar una mosca que se la había adherido al lente de la cámara, Kurunoki dio unos pasos breves y apuntó la cámara en dirección a la mujer.
-No grabe para allá- insistió Chuscao, molesto.
Kurunoki entendió que la situación se podía complicar, pero de igual modo le preguntó: -¿Por qué le molesta?-
-Ella es mía. Es de mi propiedad como todo esto. Mire –le apuntó la casucha-
-Kurunoki se encogió de hombros-
-¿Apuesto que no imagina que tengo allá? –le dijo en tono amistoso, mientras los perros mordisqueaban ordenadamente al chancho muerto, es decir los más pequeños primero y los más grandes después.
Caminaron en silencio. Kurunoki sentía que ya había cumplido, aunque en el fondo sentía algo de temor por la posibilidad de meterse en la casucha. Se la pasaron varias posibilidades por la mente. Podía desaparecer.
El Chuscao entró primero.
Después de dos minutos salió.
-¿Tal vez usted me pueda ayudar? Pase, pero sin grabar.
Después de revisar las posibilidades, Kurunoki se comprometió a conseguirle una sierra para abrir el cajero automático.